Abelardo de la Espriella asumió este viernes la presidencia de Colombia con un discurso de mano dura contra el narcotráfico, las guerrillas y la corrupción. El nuevo mandatario, de 48 años, aseguró que buscará “derrotar sin tregua al narcoterrorismo” y ordenó a las Fuerzas Armadas intensificar la lucha contra las organizaciones criminales.
La ceremonia se realizó en Cali, una ciudad que atraviesa una fuerte escalada de violencia vinculada a grupos armados. Para garantizar la seguridad del acto, fueron desplegados unos 11.000 militares y se activó un sistema de vigilancia antidrones.
De la Espriella, empresario y abogado millonario y aliado de Donald Trump, asumió por un período de cuatro años en reemplazo de Gustavo Petro. El exmandatario no asistió a la ceremonia y continúa sin reconocer la victoria electoral de su sucesor, pese a que las autoridades descartaron las denuncias de fraude.
Durante su discurso, el nuevo presidente afirmó que “el Tigre ha llegado” y prometió actuar con firmeza contra las organizaciones dedicadas al narcotráfico. También anunció que su gobierno buscará terminar con las negociaciones de paz impulsadas durante la administración anterior y avanzar hacia una estrategia de seguridad más agresiva.
Entre sus principales propuestas se encuentran la intensificación de los ataques contra campamentos de grupos guerrilleros y la construcción de cárceles de máxima seguridad inspiradas en el modelo aplicado en El Salvador.
La llegada de De la Espriella también representa un fuerte giro en la política exterior colombiana. El nuevo gobierno pretende profundizar la relación con Estados Unidos y fortalecer la cooperación con Washington en materia de seguridad y lucha contra el narcotráfico.
La ceremonia contó con la presencia de varios mandatarios latinoamericanos, entre ellos Javier Milei, José Antonio Kast, Santiago Peña y Daniel Noboa. También participaron representantes de Estados Unidos, Israel y otros países.
Con un Congreso dividido y sin mayorías propias, De la Espriella inicia su mandato enfrentando el desafío de convertir sus promesas de campaña en políticas concretas, mientras Colombia atraviesa una de sus etapas de mayor violencia de los últimos años.
